|
Tengo la piel cansada, las manos rotas,
mis manos de niño dulce,
madre,
destrozadas por el fierro y el carbón.
en cada poro un grito que nadie
escuchará desde este hoyo
cuarenta metros adentro de la tierra,
madre.
Pero yo te recuerdo ahora
como recuerdo mis infancias,
tus manos recorriendo mi pelo,
limpiando de sal y arena mi cuerpo.
Porque cuando tú te fuiste
me quedé solo en Lota,
En Lebu, partido en dos mitades,
en Curanilahue, pueblo de barro gimiente,
enrabiado, embarrado, pero estremecido.
Pero entonces llegó ella,
madre,
cuando me estaba quedando triste
y desde entonces
la estoy mirando y oliendo,
oyéndola dormir, oyéndola reir.
Lavando, zurciendo,
cosiendo mi pecho abierto con el hilo de sus días.
Pero yo la recuerdo ahora como un río,
como el Bio-Bío despeinado, turbulento,
y por mucho que mis manos se llenen
de estos trozos de carbón estarán siempre vacías
mientras no vuelvan a llenarse de sus pechos.
Amamantándome del recuerdo
sobrevivo a la jornada, sin sol, sin sal, sin agua,
sin tu «ven, mi viejo,
déjame ahora llevarte la comida,
lavar tus manos, tu cara».
Te veo aquí iluminada en la luz y sombra
de esta lámpara que eres tú.
En la boca del brocal,
en la argamasa de cal y arena,
entre las mancornas de cansado eucaliptus
Y te miro como nadie te ha mirado
porque a nadie he mirado como te miro a ti.
Pero sé que las personas que se aman
no llegan a conocerse en realidad
y viven ajenos y mueren ajenos
del amor que pudo encontrarlos para siempre.
Te veo allá lejos, desde allá lejos te veo venir.
Encuéntrame ahora, aquí debajo la tierra.
Encuéntrame en esta tierra miserable.
encuéntrame en tus sueños.
Encuéntrame, vamos... cuéntame tu vida... |
|